Opinión

Viatrio Ingenieros, excelencia técnica desperdiciada

    La Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife ha patrocinado Ad Maiorem Granadillae Gloriam unas Jornadas de Tecnología Portuaria en la Escuela Naútica. La doctrina impartida en esta actividad académica podría resumirse así: “Solo es puerto el puerto de Granadilla y quede el de Santa Cruz para el deporte, el ocio y el carnaval, amen”.

     En estas jornadas y para tratar sobre el porqué, el dónde y el cómo del proyecto de puerto en Granadilla ha participado brillantemente el ingeniero de caminos, canales y puertos Luis Santana Ríos, consultor externo de Viatrio Ingenieros, equipo redactor del proyecto del tantas veces mencionado Puerto de Granadilla. Y digo que ha participado brillantemente, sin la menor ironía. Mal limpiadita excelencia técnica al servicio de tan gratuita iniciativa.

    Es curioso que el ingeniero Santana entrara en materia con una frase que, sin duda inadvertidamente, desnuda el cogollo del asunto. Dice el ingeniero (cito de memoria) “Vamos a tratar de cómo se proyecta un puerto. Un puerto de nueva localización, lo que, al menos en España, significa una gran oportunidad profesional”.

    Una gran oportunidad profesional. He aquí, insisto, el quid de la cuestión. Porque hacer un puerto de nueva localización es algo poco frecuente, por no decir inédito y abre un horizonte ciertamente esperanzador para todo el digno cuerpo de ingenieros de caminos, canales y puertos. Me explico.

    Como causa original del proyecto granadillero, el ingeniero Santana presenta la (vuelvo a citar de memoria) “existencia de un problema en el Puerto de Santa Cruz”. Problema del que, siempre según el ingeniero Santana, se habrían percatado “todos”. Quédese para otro momento comentar esta afirmación y hablemos de las razones en que Santana sostiene la existencia del “problema”. En síntesis, se trata de la presión urbana, de la conveniencia de contar con un litoral agradable, de la falta de espacio… en definitiva, la odiosa servidumbre de que un puerto esté en una ciudad. Eureka.

    Si. Eureka. Del análisis DAFO que hace el ingeniero para probar la existencia del “problema”, se desprende con facilidad que las debilidades y amenazas que aquejan al Puerto de Santa Cruz son prácticamente las mismas que, salvo el de Algeciras y quizá alguno más, aquejan a la práctica totalidad de los grandes puertos, no solamente españoles, sino europeos y hasta diría yo que mundiales. Hete aquí, fuerte coincidencia, que, donde hay un puerto, detrás siempre aparece una ciudad, que lo molesta y presiona y resulta a su vez afectada y afeada por él.

    Ergo, la solución, el esplendoroso futuro que se abre para los técnicos concernidos, (y de paso, música celestial para los constructores, siempre dispuestos desinteresadamente a sembrar de cemento cuanto espacio puedan) es que todas las ciudades portuarias españolas, europeas, del mundo, soportan la inmisericorde carga de un puerto que las asfixia y desluce. Conclusión: todos los puertos deben ser trasladados. Lo de Santa Cruz y Granadilla no es sino el principio. Para todos los puertos habría que buscar una nueva localización, y así sus respectivas poblaciones podrán disfrutar de inmejorables vistas al mar, y se liberarán grandes espacios en los que construir: marinas, hoteles, centros comerciales, ¡aparcamientos! … ¿no es maravilloso? ¿Para qué hace falta cargar y descargar en un puerto, con lo molesto que es eso? Llévense en buena hora esas prosaicas operaciones bien lejos que, cuando a su vez y sin remedio surja una nueva ciudad en torno a cada uno de ellos, obraremos en consecuencia, si es que existe humanidad para entonces.

    Bromas aparte, lo cierto es que Santana se mantiene en el rechazo que se planteaba hace tres años sobre la imposibilidad de ampliación del Puerto de Santa Cruz, obviando la existencia actual de proyectos aprobados que incrementarán su capacidad, abriendo simultáneamente espacios para la conexión puerto ciudad, que somos los primeros en desear. Proyectos que, por cierto, sufren continuamente de retrasos inexplicables a pesar de su innegable necesidad y urgencia.

    A continuación, Santana habla de las necesidades futuras del sistema portuario de Tenerife, y se refiere a cuatro fases operativas: tráfico cautivo (según el expositor y, tristemente cierto, la presente); transbordo de contenedores (olvida citar la desaparición irremediable de su exigua presencia actual en nuestro sufrido puerto), actividades logísticas y, finalmente, en un horizonte que sería de veinticinco años, actividades de producción.

    Las dos primeras fases, cautivo y trasbordos, son tan claras y ciertas en la teoría como grises y oscuras en el horizonte real tinerfeño. Si las posibilidades de prestación de servicio del Puerto de Santa Cruz no se potencian inmediatamente, los tráficos de trasbordo no se conseguirán y a medio plazo el tráfico cautivo entrará en Canarias por otro puerto. Y en su densa y prolongada disertación, Santana no explica cómo se piensa cubrir la brecha temporal que se abre hasta la puesta en servicio del proyectado y probablemente nonato puerto de Granadilla. Es decir, que no se aclara cómo Tenerife, a la que se sacará durante varios años del mercado naviero internacional, podrá irrumpir bruscamente después en una competencia ya trabada y contratada para entonces. Valga decir que la optimista duración estimada por los proyectistas para esta construcción es de cinco años, por lo que la experiencia real de ejecución de obra en Canarias permite especular que se tardaría por lo menos quince años en tener operativo este puerto.

    Parece significativo que en toda la intervención de Santana, como es costumbre siempre que se habla de este puerto granadillero, no se concreten los datos que supuestamente soportan las previsiones de demanda futura de servicios de trasbordo de contenedores en Tenerife. Datos, desconocidos hasta ahora, que son imprescindibles, dado que la encarnizada competencia que se registra en este mercado no permite conjeturas sobre el particular. Se habla de construir un puerto, pero no se dice de donde saldrán los clientes.

    Cuando cita las dos fases siguientes, de actividades logísticas y producción, el ingeniero Santana parece olvidar las limitaciones territoriales canarias que nos vedan algunas actividades en las que ciertas dimensiones son indispensables. La dura realidad impone que el futuro de Canarias deba apoyarse en actividades selectivas, de pequeño tamaño y gran valor añadido que, obviamente no precisan de grandes infraestructuras. En otras palabras, Canarias no dispone de espacio ni de posibilidades energéticas y eso la libera (felizmente, diría yo) de las grandes actividades logísticas de distribución y de actividades productivas intensivas, que, por otra parte, terminarían de desequilibrar sin remedio las condiciones ambientales insulares. Por fortuna, Canarias no puede ni debe competir en industria intensiva ni en complicadas actividades logísticas.

    Más tarde aborda Santana las consideraciones técnicas sobre la conveniencia del emplazamiento de un nuevo puerto en Granadilla. Pero sus sin duda impecables argumentaciones pierden su peso por defectos de oportunidad. No puede haber duda de que todos los estudios sobre los efectos sociales, medioambientales y económicos están, en principio, realizados para un proyecto que no es el que actualmente está previsto ejecutar, a menos que sean inciertas las seguridades de que el proyecto no será ampliado. De esta manera, es materialmente imposible que los nuevos estudios se hayan culminado y las previsiones, repito, no son aplicables. Máxime cuando en estas mismas jornadas se ha puesto en evidencia la carencia de ecocartografía de Tenerife, de la que solamente está en ejecución un estudio de bionomía del Cabildo, que no incluirá dinámica sedimentaria. Es decir, que se desconoce con exactitud la situación de esta costa sobre la que se pretende intervenir de manera tan abrupta.

    Además, salvo defectos auditivos, no aparecen en las argumentaciones de Santana las reflexiones en cuanto a la factibilidad operativa de este puerto en Granadilla, sobre cuya orientación y ubicación muchos expertos han expuesto sus reservas. Por ejemplo, se ha afirmado que la constante fuerza del viento en la zona entorpecería el manejo de contenedores y ello impone la necesidad de contar con estudios eólicos que no se han puesto sobre la mesa.

     Dije antes que Santana habló del porqué, el dónde y el cómo de Grana- dilla. Ya hemos visto la debilidad de las dos primeras cuestiones. En cuanto al cómo, ahí sí que la intervención estuvo a la altura, bueno fuera, de la indiscutible capacidad técnica, tanto del ponente como de la firma de ingenieros que representa. Nadie puede discutir que saben y pueden hacer muy bien un proyecto portuario. Lo que se cuestiona, y no es responsabilidad de ellos, es la necesidad, oportunidad y viabilidad de este proyecto si para su realización se abandona el Puerto de Santa Cruz.

Juan Martín Vega